Seguro que la imagen te suena, quizás demasiado: estás a la mesa disfrutando de una buena conversación con amigos o familiares y recibes una notificación en tu teléfono. Creyendo que pudiera ser algo importante (no lo era), la miras e intentas recuperar el diálogo por donde lo habías dejado.
No voy a ser yo quien diga que la tecnología sea la única culpable de estas desconexiones, tenemos que asumir lo que nos corresponde, sino que el problema reside en el uso que hacemos de ella y en cómo ordenamos nuestras prioridades.
Y es que, sin ir más lejos, debemos aprender de nuevo a escuchar.
Como parte de un sector cuya misión es empatizar con las personas, nuestro proceso de reeducación lo tenemos que asumir por partida doble: personal y profesionalmente.
Más allá del ego
Vivimos en un mundo en el que el “yo” siempre va por delante, somos esclavos de los ‘likes’ y soportamos la presión de mostrarnos constantemente disponibles, visibles y validados. Creo que es hora de tirar del freno de mano, mostrarnos más accesibles ante los demás y, sobre todo, volver a escuchar sin prisas ni distracciones.
Ponernos en el lugar del otro es, desgraciadamente, una práctica a la baja. Cuando hablamos con alguien que hace tiempo que no vemos tenemos una necesidad apremiante de contarle todo lo que ha pasado desde nuestro último encuentro, en vez de priorizar una conversación sana y en dos direcciones.
Con ‘escuchar’ no me refiero a ‘oír’ y ni mucho menos a ‘callar’. Hablo de prestar atención de manera genuina, de conectar con lo que la otra persona siente, piensa y comunica. Dejar nuestro relato para construir uno juntos en el que ambos podamos aportar y sentirnos comprendidos.
Nos movemos bajo una presión constante que nos hace relacionarnos con los demás de esta forma tan artificial y apresurada, olvidando que las relaciones humanas requieren tiempo y atención. Ni una marca se construye en unos días ni una relación personal sólida se consolida en un instante.
A esto debemos añadir la idea que tienen muchas personas – equivocada, a mi juicio- de expresar su opinión sobre cualquier tema, sin importar el contexto ni el conocimiento del mismo. Creo que es un derecho y no una obligación y que a todos nos iría mucho mejor si dejáramos más espacio a los demás y reflexionáramos antes de hablar.
Llegamos al extremo de que muchas personas sienten ansiedad cuando mantienen una conversación porque están esperando a que su interlocutor termine de hablar para poder expresar sus ideas. Mientras el otro habla, ellos simplemente piensan en lo que van a decir en lugar de atender y escuchar activamente. Esta impulsividad, tristemente habitual, no nos lleva a ninguna parte.
Jugar con el silencio es un arte que pocos saben dominar. No revela falta de juicio y mucho menos de inteligencia, sino lo contrario. Evita conflictos, ayuda a tomar decisiones más acertadas y facilita la reflexión y la comprensión mutua.
El poder de la atención
Escuchar de verdad -sin interrumpir, sin juzgar y sin pensar en la respuesta antes de tiempo- es diferencial en los tiempos en los que vivimos. Las personas y empresas que ponen en práctica esta habilidad destacan sobre las demás por su autenticidad y empatía, en un contexto general en el que prima el ego y destacar a toda costa sin importar si se crea valor o no.
De este proceso pueden surgir ideas realmente transformadoras: no solo comprendemos mejor a las personas, sino que también abrimos espacio para la creatividad, la innovación e ideas fuera de lo común que antes no habíamos considerado. En definitiva, ‘pensar fuera de la caja’.
Ir más allá de lo inmediato permite a las empresas crear vínculos duraderos con sus clientes, estrechar lazos que den pie a una relación genuina sostenida en la confianza mutua y en la transparencia, independientemente de los productos o servicios ofrecidos. Un compromiso a largo plazo que con prisas y urgencias es imposible de sostener.
Esta filosofía también permea de manera positiva en la cultura interna de las organizaciones. Los equipos que la aplican detectan cualquier necesidad antes de que surja y crean un ambiente positivo propicio para la innovación, dando pie a soluciones personalizadas y a una toma de decisiones más informada.
Cambiar el chip y empezar a escuchar de verdad no es solo un acto de cortesía o paciencia: es un motor de cambio que transforma la manera en la que nos conectamos, trabajamos y nos relacionamos.